Los pasos de Tomás, el de Tijarafe,
se acercan hasta las paredes verticales de La Caldera
de Taburiente. Sus ojos buscan un pino que crezca en
el risco, allí donde el viento lo agita permanentemente.
De esta manera Tomás sabrá con seguridad que de
él podrá obtener lanzas duras y flexibles a la vez, para
poder bajar, a una velocidad imposible, al Barranco
del Almendro Amargo en busca de sus cabras
descarriadas. Hoy comienza el menguante de septiembre y
a esta hora la marea está baja en las costas palmeras,
al igual que la savia del pino, lo que redundará en la
dureza de la madera. Es como ha sido siempre, como tiene
que ser.
Tomás
sabe, porque así se lo enseñó su abuelo, que ni la corteza ni el corazón del
pino dan buenas lanzas. Tiene que coger la madera que se encuentra a medio
camino del aire y la tea, el cospe, que es la antesala del corazón duro del
pino canario que resiste incendios y perrerías. Tomás también sabe que el
proceso no ha hecho más que comenzar, que ahora habrá de dejar secar la
madera durante nueve meses en la techumbre del pajero, hasta el momento en
que la lleve a cortar. Después tendrá que matarle las esquinas en varias
sesiones, para darle la redondez adecuada y lijar la vara que no tenga nudos
y en el sentido de la veta. En definitiva, pasará mucho tiempo antes de que
pueda lucir con orgullo su nueva lanza en las Fiestas de El Paso, o
Los Llanos.
Esta escena resume la
búsqueda de la mejor madera para hacer una lanza de cabrero canario, una
actividad tan vieja como los mismos guanches y que está indefectiblemente
ligada al olor al suero o al queso tierno de cabra. Claro que los
benahoritas no tenían forma de hacer las elaboradas puntas de hierro forjado
que se utilizaban a principios de siglo y se conformaban con los cuernos de
carnero endurecidos al fuego.
Casi
cinco siglos después, Ancor sabe también de todo
este proceso, se lo ha enseñado su tío José en los
barrancos de Arico, en el sur de Tenerife.
Con tan sólo 16 años, este joven sabe lo que es el salto
del enamorado, el salto de banda o el bordoneo, aunque
prefiere el salto a regatón muerto, donde la distancia a
salvar es mayor que la lanza. Ancor también sabe
que la grasa de carnero es el mejor protector que puede
tener su lanza y que, dejada al sol, embadurnada de
aceite de oliva, la madera coge un brillante color a
avellana.
Pero
esta actividad no sólo tiene que ver con La Palma. En general, los
cabreros de las islas más abruptas del Archipiélago
se ayudaban de una lanza para el pastoreo. En Tenerife, La Gomera
o La Palma, la lanza también se llamaba astia o lata, mientras que en
Fuerteventura
y Lanzarote, las islas más llanas, se llamaba vara y se utilizaba
fundamentalmente para el bordoneo, una técnica que consiste en apoyar
sucesivamente los dos extremos de la lanza en el suelo y, más que correr,
supone la sucesión de pequeños saltos con los que el cabrero gana en
velocidad. En estas islas, como los árboles tiraban más bien a la escasez,
las lanzas se hacían con la madera que traía el mar hasta la costa.
El descenso de la actividad
de pastoreo en las islas ha hecho que esta práctica casi desapareciera. Las
cabras ya no bajan al barranco a alimentarse sino que el pienso les llega
hasta el mismo "goro". Las lanzas se han ido secando en el cuarto de los
trastos y el nieto de Tomás, tiene bastante con saber conectar la
ordeñadora eléctrica. Sin embargo, infinidad de colectivos han ido
rescatando la tradición y hoy en día, buena parte del legado aborigen
permanecerá en jóvenes como Ancor o su tío José, que cada fin de semana
salen al monte con los perros a disfrutar de una tradición tan vieja como el
Archipiélago Canario.
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