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El recorrido debe iniciarse en el pueblo de El Pont de Suert. Configurado como centro de
comunicaciones de la comarca conocida como Alta
Ribagorça, la localidad ocupa la margen derecha del cauce del Noguera Ribagorçana. Desde aquí, una carretera
asciende paralela al curso del río Noguera de Tor,
cuyo cauce es guía ideal para la visita. El casco urbano se distribuye en torno a dos
pequeñas plazas contiguas, la del Mercadal y
la Plaça Major, donde lucen sendas casas
barrocas. La iglesia medieval dedicada a Santa
María es, hoy, la Casa de la Cultura,
mientras que el templo en uso se levantó en 1950 junto a la carretera.
Seguir el Noguera de Tor, afluente del Ribagorçana, es conocer de cerca las aguas que
nacen en los circos glaciares de la alta montaña leridana, como el Montardo y el Tuc de Colomers. No en vano, el valle debe su
origen a una gran lengua glaciar que existió en el cuaternario y de la cual aún quedan
restos identificables como Comaloforno, Riu Malo y Montardo.
Tras superar Castelló de
Tor y Llesp, aparece el pequeño pueblo de Cóll, cuya iglesia románica bajo la advocación
de Santa María de la Asunción antecede al
caserío, ubicado en una amplia terraza a 1.180 metros de altitud formada por la morrena
de un antiguo glaciar desde donde es posible contemplar todo el valle, identificando desde
allí cada uno de los pueblos que lo conforman.
Un vecino guarda la llave de la iglesia que, normalmente,
permanece cerrada salvo en los preceptivos horarios de oficios religiosos o de visita
previa. El templo se construyó entre los siglos XII y XIII, aunque contiene algunos
detalles góticos, y ofrece el pórtico más trabajado de todas las iglesias del valle. De
hecho, las bandas lombardas y los arcos ciegos que suelen decorar los campanarios y los
muros diseñados bajo el románico lombardo se han trasladado, en esta ocasión, hasta la
fachada principal. La puerta, además, está enmarcada en una serie de arquivoltas y
decorada con un friso ajedrezado. La preside un crismón en bajorrelieve ornamentado con
palomas y rostros.
El interior se
distribuye a lo largo de una única nave con ábside semicircular. En un extremo, se
sitúa el coro de estilo gótico. En el otro, el citado ábside que contiene un hueco en
la pared para guardar el sagrario. Un crucero separa el ábside y la nave, mientras que
los brazos cuentan con dos capillas de planta cuadrada: una es románica; la otra,
gótica, sirve de base para el campanario. Este luce dos épocas de construcción, aunque
el final del mismo se realizó en estilo gótico.
La sillería de la iglesia es de mayor proporción en
comparación con las del resto del valle y no pasa desapercibido el cerrojo de la puerta,
de forja medieval.
Tras abandonar Cóll,
la carretera dibuja una leve ascensión hasta alcanzar Cardet, a 1.193 metros de altura.
Las casas están, prácticamente, colgadas sobre el valle y gozan de la compañía de la
parroquia dedicada a Santa María. Este
edificio puede considerarse como el más reciente del valle, pues está fechado a
principios del siglo XIII, tal y como delata el estilo del campanario, que, en contra de
lo que sucede en el resto del Valle de Boí, no
pasa de ser una simple espadaña con tres ojos. No es un capricho, sino fruto de la
necesidad, pues las autoridades eclesiásticas prohibieron los campanarios en forma de
torre debido al uso militar que se hacía de ellos.
Santa María del Cardet fue una iniciativa del
monasterio de Lavaix, dueño del lugar. El
templo se desarrolla a través de una sola nave cuya cabecera se soluciona con un ábside
semicircular. Este está decorado con arquillos ciegos y leseñas, mira hacia el valle y
luce un pequeño rostro labrado en piedra dentro del segundo arquito ciego de la banda
lombarda. La abrupta pendiente del terreno obligó a diseñar una superposición de dos
plantas, dejando a nivel semisubterráneo una pequeña cripta. La capilla, de planta
rectangular, está añadida al muro norte, mientras que en el muro sur ocurre lo mismo con
la sacristía. El portal es un arco rebajado y goza de un pequeño porche cubierto a doble
vertiente. La decoración interior es, fundamentalmente, de tipo barroco.
La línea imaginaria
El itinerario continúa hasta Barruera, donde, a las afueras del casco antiguo,
está la iglesia de Sant Feliu. A 1.096
metros de altura, el pueblo se configura como el centro administrativo del valle y su
nombre proviene de Vallis Orcera, es decir, Valle de los
Osos. La iglesia, del XI o XII, está dedicada a Sant Feliu y la precede una pequeña pero bonita
alameda que conduce hasta un porche con cubierta de doble vertiente que protege el
pórtico. El portal se desarrolla bajo un arco abovedado de medio punto con molduras.
Aunque ha sufrido numerosas transformaciones a lo largo de los siglos, no deja de tener
fuertes atractivos, como sucede con el notorio cerrojo de la puerta, rematado con una
singular cabeza de toro.
El templo se desarrolla en una sola nave
acabada en ábside semicircular. En el lado sur sobresale un brazo en forma de transepto
con un ábside secundario sin decoración exterior. En el muro norte hay dos capillas de
planta cuadrada y cubierta de vuelta de cañón. La decoración exterior se compone de
arquillos ciegos y leseñas. Adosado al muro sudoeste, se alza un campanario de planta
cuadrada y cuatro pisos. En las dos plantas superiores, se abren ventanas de arco de medio
punto, delimitadas a su vez por una cornisa.
Desde Barruera, un desvío que nace en el interior del
casco urbano conduce al pueblo de Durro. La
carretera asciende con rapidez y estrechez, pero ofrece inmejorables panorámicas sobre el
valle y las montañas. Algo similar sucede con el mismísimo Durro, cuyas angostas calles escalan la ladera de
la montaña. Las humildes viviendas conforman uno de los mejores ejemplos de arquitectura
rural del valle, con rejas de hierro forjado, chimeneas, balcones, aleros de madera y
tejados de pizarra. En el centro del casco urbano surge la iglesia de Santa María de la Natividad, del siglo XII,
aunque se aprecian las modificaciones posteriores. Entre estas últimas, destaca la
desaparición de los dos ábsides románicos o la capilla lateral realizada a expensas del
porche. La puerta principal, cubierta, está en un lateral y se enmarca bajo varias
arquivoltas que apoyan en columnas con capiteles labrados y un friso ajedrezado presidido
por un crismón. La decoración interior posee caracteres barrocos.
Un poco más hacia arriba, pero sin abandonar Durro, se encuentra la ermita de Sant Quirze. A ella se llega por una pista que
parte desde el pueblo y merece la pena acercarse sólo por ser un excelente mirador de
cara al valle. La ermita consta de una pequeña nave cubierta con bóveda de cañón,
ábside semicircular y una espadaña de dos arcos.
La ruta obliga a descender hacia Barruera para reiniciar el camino hacia el
interior del valle, allí donde se encuentra Erill-la-Vall,
a 1.225 metros de altitud, aunque un camino es capaz de alcanzar los 1.610 metros para
contemplar, una vez más, el Valle de Boí. El
topónimo refiere a la medieval baronía de Erill
cuyos miembros desempeñaron un papel protagonista en esta comarca pirenaica. De hecho,
fueron uno de los grandes impulsores de la construcción de iglesias románicas en el
valle.
El templo de este
pueblo se construyó bajo la advocación de Santa
Eulàlia en el siglo XII. Cuenta con un esbelto campanario de seis pisos ubicado en el
muro norte, al igual que el porche de entrada. El campanario es muy vistoso, no sólo por
su altura, sino porque en cinco de sus pisos cuenta con ventanas geminadas en los cuatro
costados y bandas decorativas de reminiscencias lombardas. El cerrojo de la ermita muestra
decoración geometría y un rostro. La planta es de una sola nave con sendos absidiolos
laterales y un coro posterior. La decoración es barroca.
Desde la mayor altura antes citada, se puede
comprobar que la parte más alta de los campanarios de Erill, San
Joan de Boí y San Climent de Taüll
conforman una perfecta línea, lo que permite suponer que fueron intencionadamente
construidas como una forma de defensa del valle. Aunque otras hipótesis sugieren que la
recta está orientada hacia el punto geográfico donde se encuentra la ciudad de Roma.
El siguiente desvío permite penetrar por un pequeño valle
surcado por las aguas impetuosas del río Sant
Martí y donde han crecido Boí y Taüll. En el primero, existió un importante
castillo, documentado, pero del que no queda ningún resto. De la muralla que debió
rodear el pueblo, queda algún lienzo, una torre y una puerta que, todavía hoy, se
utiliza como acceso al núcleo antiguo de la población. Aquí, se juntaba el ganado y se
hacía la separación con la vuelta de los pastos de verano. También aquí, en los días
de viento, la gente del campo manipulaba el trigo aprovechando el cobijo de este rincón.
La joya de Sant Climent
Boí cuenta con la iglesia dedicada a Sant Joan, construcción románica de los siglos
XI y XII, cuyo campanario debió ser destruido y, posteriormente, reconstruido, única
explicación para la diferencia que existe entre las ventanas de los niveles inferiores y
las superiores. La planta está dividida en tres naves separadas por arcos, un ábside
central rectangular y dos absidiolos. En su interior, hay reproducciones de las pinturas
murales que se conservan en el Museo de Arte
Románico, en Barcelona, y que reflejan
escenas de juglares y de la lapidación de San
Esteban.
Pero es Taüll quien
guarda el conjunto artístico más importante del valle. Antiguamente, el pueblo era la
entrada al valle desde el puerto de Rus y su nombre pudiera ser derivación de las
palabras vascas de ata y uri que significan, respectivamente, pueblo y puerto.
Así, este pueblo de puerto sería un punto
estratégico de la baronía de Erill, aunque, ahora, la mayor parte de los visitantes
invernales acuden por la proximidad con la estación de esquí de Boí-Taüll.
A 1.482 metros de
altitud, Taüll llegó a poseer tres iglesias,
aunque la tercera no llegó a acabarse, anegadas las obras por un inesperado
desplazamiento de tierras. Algo similar sucedió con el templo dedicado a Sant Climent, pero ésta si tuvo la fortuna de ser
continuada y acabada, aunque sea fácil apreciar las dos etapas de construcción. La
ermita fue consagrada el 10 de diciembre de 1123 y destaca por su espléndido campanario,
junto al muro sur, cuadrado y con seis pisos de altura. En cada uno de ellos se abren
ventanas geminadas a los cuatro vientos, excepto el primero, que sólo exhibe una, y el
tercero, que es triple. La decoración es de tipo lombardo, con bandas y arquitos ciegos
sobrepuestos a la piedra sillar y los frisos en forma de dientes de sierra que separan los
distintos niveles. Exteriormente, es fácil distinguir las dos épocas de construcción:
el sillar del nivel superior es de mejor factura que el inferior.
La planta consta de tres naves y tres ábsides. Aquellas están
separadas por columnas decoradas con uno o dos collares en forma de dientes de sierra. El
ábside está presidido por la figura del Pantocrátor
en actitud de bendecir inserto en una circunferencia. Tanto el pelo como la barba,
símbolos medievales del poder, están muy trabajados. Le rodean cuatro apóstoles con sus
correspondencias animales: San Mateo; San Marcos con el león; San Juan con el águila y San Lucas con el toro. En la franja inferior se
pueden ver los apóstoles con la imagen de la virgen.
También en Taüll, se encuentra la iglesia de Santa María, del siglo XII. Se compone de tres
naves y tres ábsides, destacando las muestras de pintura en paredes y columnas. Aunque
las policromías originales fueron literalmente arrancadas de los muros (se aplica un
lienzo impregnado en cola soluble que extrae el revoque y, con él, la superficie
decorada), merece la pena deleitarse con las copias que decoran esta iglesia. En el
ábside, se puede ver, en la franja superior, la Virgen con el Niño dentro de un círculo; la
Adoración de
los Reyes, con Melchor haciendo un
gesto de adelantarse y, más reunidos, Gaspar
y Baltasar; y el Colegio
Apostólico, en la franja inferior.
Para finalizar el trayecto, en la cabecera del valle, se
encuentra Caldes de Boí (1.470 metros de
altitud), balneario desde 1732, aunque ya antes se conocían las propiedades beneficiosas
de sus aguas termales. Uno de los actuales establecimientos hoteleros aprovecha las
antiguas instalaciones balnearias medievales. La estación termal se nutre de las aguas
mineromedicinales de treinta y siete fuentes cuya temperatura oscila entre los cuatro y
los cincuenta y seis grados de temperatura. Fueron declaradas de utilidad pública en
1887.
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