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 Resuena
en mis oídos el seco y metálico clonc, clonc, de los esquilones que
llevaban al pescuezo aquellas vacas roxas que, en los amaneceres primaverales,
cruzaban los caminos de mi comarca hacia las alzadas de Las Tabiernas o Leitariegos
en busca de los pastos de verano, guiadas por unos vaqueiros, a pie o a caballo y
con unos enseres elementales entre los que no faltaba la payetsa que hacía, a la
vez, de objeto doméstico y de instrumento musical cuando le daban en el mango con la
llave de la casa. En las alzadas permanecían los vaqueiros hasta que llegaban los
primeros fríos, retornando a sus brañas y dejando al vecindeiro encargado de
cuidar las cabañas.
Mucho se ha escrito sobre los vaqueiros: Jovellanos,
Acevedo Huelves, Uría Ríu, Canella, Cabal, Caro Baroja
Atienza y Miner Otamendi han realizado una especie de guía sobre los vaqueiros
junto a pasiegos, maragatos y chuetas como pueblos malditos y cuyo
común denominador fue la marginación social a la que se vieron sometidos por quienes les
privaban de voz y voto, pues los caciques de los valles fértiles dictaminaban las normas
e imponían sus leyes tanto en lo social como en lo económico. A ellos, se sumaba el
clero, que privaba a los vaqueiros del derecho a ser enterrados en ataúdes o a
superar en la iglesia un lugar señalado por una viga de madera, como existió en la
iglesia de Naraval, o una leyenda grabada en la piedra: "de aquí no pasan
los vaqueiros", como aún se ve en el templo de San Martín de Luiña.
Cuenta Acevedo que, en algunas parroquias, cuando las vaqueiras traspasaban
la viga que servía de valla, en lo que siempre pusieron gran empeño, y se mezclaban con
las aldeanas, éstas solían cortarles la ropa con navaja o tijeras y, lo que era más
frecuente, unirlas cosiéndoles las sayas.
El paso del tiempo trae a la memoria recuerdos en los
que prevalecen aquellas vivencias con influencia del misterio o la leyenda. He nacido y me
he criado en un pueblo rodeado de otros pueblos entre los que abundaban las brañas,
lugares donde habitan los vaqueiros. Mucho es lo que he oído sobre los orígenes
de este pueblo, en gran parte envuelto en fabulaciones, con frecuencia de carácter
siniestro, pero, a medida que pasaban los años y fui teniendo conocimiento directo de
estos hombres y mujeres e iba visitando sus lugares, me fui sintiendo atraído por sus
tradiciones y folklore. De este modo, he tenido el placer de conocer a Rogelia,
cuya imagen, recorriendo el mundo con su pandeiro y su payetsa, gritando
más que cantando, con esos desgarros guturales, se dibuja en mi memoria. Aquella
admirable mujer, todo un símbolo del matriarcado imperante en las brañas, paseó el
ardor de su carácter, al frente de un grupo, por Alemania y Cuba. Siento en
mí el estruendo de castañuelas, pandeiros y payetsas acompañado de
desgarradores jiiius, jiiius, jiiius, en los amaneceres del ocho de
septiembre, en la plaza de arriba de Pola de Allande, cuando los vaqueiros
atronaban el pueblo en su primera parada de peregrinación a la Virgen del Acebo,
de la cual son muy devotos, al igual que la del Avellano o la de Colobreiro.
Ferias, bodas e ironía
Los días de mercado en Navelgas eran lugar de encuentro de las
familias vaqueiras. Eran días con nombre propio. Igual que la fiesta de Naraval,
parroquia donde, exceptuando Nera, todo son brañas, antes de la creación de la vaqueirada
de Aristébano, acudían de todo el entorno con meriendas, con sus típicos frixuelos,
choscos y lacones. En las ferias de mi pueblo, yo disfrutaba viendo el ganado
y, sobre todo, viendo el gran número de caballos que se concentraban adornados con
elegantes monturas y frecuentemente acompañados de grandes mastines con collares de
clavos, para defensa de los lobos, como el del Recorbo de Monterizo, quien
contaba emocionantes aventuras de sus encuentros con las bestias. O sobre las frecuentes
peleas cuando los aldeanos pretendían a una vaqueira o viceversa.
Los domingos, en Navelgas, también eran aprovechados para recoger los
paños de sarga y estameña, que tras el filado y el tejido de los
telares era batanado por Mariano en el Batán de Parada y, a
lomos de caballo, lo traía a un pequeño almacén para su distribución. Batán
de gran importancia, desde el siglo XVII, en el vestido de los vaqueiros,
de colores sobrios entre negras tierras y ocres acompañados de los crudos
grisáceos de lino.
Como gris es la construcción de pizarra, piedra y paja que
puebla las brañas, con un claro origen celta que recuerda la distribución de los castros
de la comarca, en medio de unos tapices verdes bordeados de muros sobre los que se
edificaba la casa y la cuadra, a la vez que delimitaban las posesiones o se utilizaban
para guardar el pastoreo de las vacas. Durante bastante tiempo, recorrí montes y caminos
de Monterizo, Fuentes, Folgueras del Río, Candaneo, Businán,
Escardén, Aristébano y otras muchas. Acompañado por Paco, el
farmacéutico de Belmonte, y su cuñado Eduardo, conocí y pinté núcleos
de construcciones cubiertas por teitos en El Parnocal, La Peral, Caunedo,
Llamardal y el puerto de Somiedo.
También he conocido la
tradición del transporte del ajuar, con la cama, sobre el carro tirado por las vacas, a
través del festival vaqueiro de Aristébano, pero antes disfruté, siendo
muy niño, de las bodas vaqueiras celebradas en la comarca. La mayoría de las
ceremonias religiosas se celebraban en las parroquias a las que pertenecían las brañas,
como era el caso de Naraval o Rellanos, pero tenían su convite en Navelgas,
en casa de Faustino, y al menú casi nunca le faltaba la sopa de gallina y el
jugoso arroz con pito. Cuando los niños sabíamos que había una boda vaqueira, al
salir de la escuela corríamos a contemplar, atónitos, la llegada del tropel de caballos
al galope con mozas a la grupa y lanzando desde sus monturas gritos de alegría y
celebración.
La religiosidad del vaqueiro nadie la puede poner en duda.
Es una mezcla entre devoción y superstición. Las capillas por ellos frecuentadas están
llenas de exvotos ofrendados como gratitud y, ahora, no es difícil encontrar coches cuyos
parabrisas lucen las cintas y medallas de la Virgen del Acebo. Otra
característica, vinculada a la superstición, es su amor por el color azul que, dicen,
posee propiedades contra los malos espíritus.
Acaso unos y otros cultivaron la fina ironía vaqueira, unida a
un carácter socarrón y cierta desconfianza, aunque, indudablemente, sus razones tenían.
Humores que aparecían en las largas noches de invierno, cuando, con motivo de los esfoyones,
de las matanzas, del filao o de labores diversas, como la hacer mantecas y quesos,
se reunían en una de las casas del lugar y se contaban historias o se cantaban estrofas,
con frecuencia cargadas de ironía en torno a aquellos poderes opresores, entre los que se
encontraba el eclesiástico. Historias alternadas con las estrofas relacionadas con los
alimentos cotidianos, como las que referían mientras batían el fuetse para freír
manteca.
Orgullo vaqueiro
Con el tiempo, las gentes vaqueiras han abandonado cantos y
bailes, como si ya hubiesen cumplido su cometido. Existen diversos grupos de
investigación folklórica que están recogiendo estos cantos y bailes, unos mejor que
otros
pero, a todos ellos, les falta el alma. Alma que he visto, no hace mucho, a
una joven vaqueira que, aunque, vestida de vaqueros se puso, espontáneamente, a
bailar al son del pandeiro. Las raíces permanecen en este pueblo que esté donde
esté, y a pesar de que no se lleven bien, se apoyan frente a la adversidad porque saben,
instintivamente, que ello les ha permitido sobrevivir.
Unión gozada al lado de una vaca o de un caballo de corta alzada.
Este, sin duda alguna asturcón, fue para el vaqueiro un medio de transporte
fundamental, y junto a la vaca y a la oveja formó parte y complemento de la vida de las
brañas. Recuas de caballos atados unos a otros por el ramal, de la cabezada a la cola.
Todavía hoy quedan algunos vaqueiros, de cierta edad, que usan un par de caballos
para transportar mercancías hasta la braña, cruzando los viejos caminos, en competencia
con el tractor. Conservan el asturcón como homenaje y reconocimiento a lo que este
caballo aportó, mientras que, hasta hace muy pocos años, la cabalgata de reyes, en Navelgas,
contaba con la asistencia de caballos vaqueiros que bajaban, puntualmente, a la
cita anual, desde Monterizo, Fuentes, Barreiro, Bullacente y
otras brañas.
Todo ello, sin olvidar a la vaca, el animal central de la braña aún
hoy, aunque, en muchos lugares, se cambiaron las tradicionales vacas ratinas, de
capa roxa, por las lecheras holandesas. Con este cambio, prácticamente, han
desaparecido, entre otras cosas, aquellas deliciosas natas vaqueiras, que, al igual
que los bailes y los cantos, se mantienen de forma artificial.
Y en las noches de las brañas, en esas largas noches invernales cuando
el oso y la ardilla se retiran, en letargo, a su nido y a su guarida, los vaqueiros,
aún hoy, se reúnen para hablar de sus proyectos o problemas. Ya no son reuniones de
cantos y esfoyones. Hasta las brañas ha llegado la tecnología y la parpadeante
luz del candil de aceite o de carburo, al lado de la tsariega, ha sido sustituida
por la bombilla y la partida, de baraja o dominó, por la televisión. Las brañas, en
este momento, se encuentran muy disminuidas de población. Los vaqueiros se han
incorporado, en todo, al resto de Asturias y, por ello, ha descendido su natalidad
y ha envejecido su población.
Pese
a ello, yo confío en este pueblo que mantiene la tradición y el amor a su lugar. Que
luce orgullo vaqueiro, pues, quizás como reacción a la propia marginación, los vaqueiros
reivindicaban su derecho a ser ciudadanos normales. Hoy, muchos aldeanos tienen a gala ser
vaqueiros y reivindicar que sus pueblos sean brañas. Este ha sido uno de los
grandes triunfos de los vaqueiros, que no sólo lograron imponerse en la capital
del reino, sino que aún pueden encontrarse negocios transmitidos de padres a hijos:
casqueros, carboneros o los populares serenos.
Porque los vaqueiros ya han bajado de las brañas y
ejercen los oficios y trabajos de cualquier aldeano. Los apellidos, desde hace muchos
años, están mezclados, pero, aún hoy, se puede conocer la sangre vaqueira por su
tesón y por su trabajo. Yo invitaría a los asturianos a conocer las brañas, situadas en
las majestuosas y viejas montañas, teñidas por los azules violáceos del brezo, y así
descubrirán la geografía que provocó leyendas y marginaciones de un pueblo, a la vez
que nos conoceremos un poco mejor todos nosotros.
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