Una serie de infortunios llevó a
la llamada la Flota de
Oro a dar con sus astillados huesos en el fondo de la ría de Vigo. La
rígida burocracia, la guerra, los piratas y una profunda indecisión propiciaron que los
muchos tesoros acumulados durante siglos por aztecas e incas no alcanzaran nunca su
destino y quedaran repartidos entre corsarios ingleses y holandeses, mercenarios franceses
y, sobre todo, el fango marino de la ría viguesa. El que puede considerarse como el
más grande tesoro de la historia sólo es propiedad de los peces y nebuloso horizonte
de los muchos aventureros que han buscado oro en estas aguas.
Similar búsqueda a la que, dos siglos antes,
emprendieron los españoles en las Indias Occidentales para satisfacer sus
ansias de riqueza. "En Perú existían los techos de oro descritos por las
leyendas que las gentes se repartían, sin atreverse a creer en ellas; los muros de los
templos estaban cubiertos por hojas de oro y se llegaba a ellos por avenidas enlosadas en
plata maciza; la colina del Perro no era más que un gigantesco bloque de plata. Los Andes
rebosaban de esmeraldas, zafiros y diamantes; en las playas se recogían perlas de una
belleza y un grosor insospechados...".
Los tesoros y las obras de arte de milenarias
civilizaciones y la plata de las minas de Pachuca, Tlalpujalma, San Luis,
Sultepec, Tasco, Guanajato, Oajaca, Tetela, Zacateas,
Fresnillo o Sombrerete llenaron, durante siglos, las bodegas de los galeones
con destino en Cádiz, Sevilla o Palos de la Frontera. Abundante y
lucrativo comercio que llevó a instalar en Sevilla, en enero de 1503, la Casa
de Contratación, organismo administrativo, financiero, comercial, de investigación
geográfica y jurídica, oficina de emigración, depósito comercial, tribunal mercantil y
escuela náutica. Allí, se llevaba la cuenta de lo que partía hacia América y de
lo que llegaba, imponiendo tributos y aranceles que correspondían a la Corona.
Allí, se revisaba a conciencia cada navío
para comprobar que el viaje no entrañaba peligro para la tripulación y los ocupantes, el
armamento, el velamen, la carga, las provisisones, el riguroso aislamiento de las mujeres
y la autorización de los hombres, firmada y legalizada por la esposa, para poder
abandonar el hogar conyugal. Y, al regreso, los fucionarios inspeccionaban, en alta mar,
la descarga y los trasvases y cobraban los impuestos. Sólo abandonaban los buques cuando
las bodegas estaban vacías.
Tambíen allí, se controlaban las dos flotas
que se hacian a la mar, cada año, tras la muerte de Carlos V. Una, la de Nueva
España, iba a las partes septentrionales del Caribe y el golfo de México.
Otra, la de Tierra Firme, visitaba los puertos de América del Sur y
las Antillas del sudeste. De ésta última, la que partió en 1699, al mando de Manuel
de Velasco y Tejada, se convirtió, casi por azar, en la Flota de Oro
y,
como tal, entró en la bahía de Vigo el 22 de septiembre de 1702 para no salir
jamás. Estaba compuesta por cuarenta barcos: tres galeones de guerra (la nao capitana y
dos naos almirantes), catorce galeones mercantes, dos pataches, un barco auxiliar, quince
navíos, tres fragatas, un brulote y un aviso.
Llenas las bodegas
Los galeones eran "barcos pesados y
relativamente muy capaces (desplazaban unas mil toneladas), dotados, incluso los de
comercio, de grandes castillos a proa y a popa. Estas ingentes masas que pesaban sobre sus
dos extremos les restaban buena parte de sus facultades marinas, pues el balanceo de los
castillos y la resistencia que ofrecían al viento eran otros tantos estorbos para
desafiar el tiempo. Pero la excelencia de los galeones no se medía por su rapidez, sino
por la seguridad que brindan a los navegantes. Los enormes castillos que agobiaban a esas
naves obedecía simplemente a una necesidad militar que era la más urgente y atendible.
Como los galeones usaban la táctica del abordaje para combatir entre sí, lo más
importante era que el enemigo, al querer acercarse, tuviese que asaltar un verdadero
castillo flotante. Y no cabía hacer distinción entre los galeones de guerra y los
pacíficos de comercio, porque en sus tiempos el mar estaba infestado de merodeadores y
piratas que obligaban a precaverse aún a los más inofensivos".
La flota de Tierra Firme de 1699
salió de Cádiz y alcanzó Trinidad y Cartagena de Indias dos años
más tarde. En ésta, obtuvo más de cuatro millones de escudos de oro y, en una feria de
cincuenta días en Portobello, vendió mercancias europeas por valor de veinte
millones de escudos y recogió veinticinco millones de escudos en oro y plata. Tanto que,
según un cronista de la época, "regresan con dos o tres millones de escudos de
oro, veinte millones de escudos de plata, doscientos mil escudos en perlas, trescientos
mil en esmeraldas, treinta mil en amatistas, lana de vicuña por valor de cincuenta mil
escudos, la misma suma en madera de Campeche y doscientos sesenta mil escudos en
cueros".
Además, hay que decir que "la caja de
los galeones era siempre diez veces superior a la que mencionaban los registros",
pues, no en vano, almirantes, generales, oficiales y administrativos adquirían su cargo
pagando elevadas cifras a la Corona, a cambio de lo que ganarían. De hecho, un
almirante pagaba hasta cien mil escudos y los demás en sucesiva proporción.
Pero Manuel de Velasco decidió
postergar el regreso de la flota porque, en septiembre de 1700, las corrientes eran
contrarias, en Las Bermudas surgen imprevistos huracanes y rondaban los piratas,
cuya milenaria actividad se intensificó entre los siglos XV al XVII, en el Pacífico
y el Atlántico, tras la aparición de las preciosas cargas de las Indias.
Unos y otros propiciaron que, a la de Tierra Firme se uniera, en mayo, la
segunda flota anual, la de Nueva España, llegada a Veracruz y,
juntas, esperaron dos años a que los corsarios se dispersasen. Mientras, las bodegas se
llenaban de oro, plata, perlas, esmeraldas, amatistas, diamantes, cochinilla, indigo,
maderas para teñir y de ebanistería, azúcar, gengibre, cacao, algodón, lana colorada,
tabaco, cueros, pieles, ámbar gris, bezoar, bálsamos de copahu, de Perú, de Tolú,
quinquina, jalape, mechucán, zarzaparrilla, tamarindos, casia, vainilla...
En 1701, el comandante envió un barco a Cádiz
explicando al rey los motivos del retraso y pidiendo una escuadra de escolta. El monarca
español solicitó ayuda al aliado francés y Luis XIV encargó la misión al conde
Chateau-Renault, vicealmirante de su armada, que abandonó Brest con una
poderosa flota y alto su pabellón en Le Fort. Finalmente, el 11 de junio de 1702
salieron los galeones de La Habana, con los cuarenta y cuatro cañones de la
capitana Jesús, María y José abriendo una marcha que cerraba las dos naos
almirantes, La Bufona y Azogue, con cincuenta y cuatro cañones cada uno, y
los veinticuatro navíos franceses.
Los preparativos
Sin embargo, mientras las dos flotas de Indias
esperaban tiempos propicios para regresar, en España había estallado la Guerra
de Sucesión, al acceder a la corona española el duque Felipe de Anjou,
proclamado Felipe V, tras la muerte sin sucesión, el 1 de noviembre de 1700, de Carlos
II el Hechizado, el último Austria. Con ello, el delicado equilibrio de
poder existente en Europa se rompió y, unidas Francia y España por
el de Anjou, se aliaron Inglaterra, Holanda y Alemania.

La guerra obligó a la Flota de Oro a
desviarse de Cádiz, sitiada por Rooke, a Vigo, aún sabiendo que la
bahía, a cargo del príncipe de Barbanzón, capitán general del Reino de
Galicia, estaba mal defendida por fuertes ruinosos, milicias escasamente pertrechadas
y las desmanteladas baterías de Rande y que la Casa de Contratación
prohibía "desembarcar nada de un galeón como no sea en Cádiz y bajo la
vigilancia de un funcionario oficial". De hecho, ésta advirtió que "los
galeones cargados estén a buen recaudo, hasta que puedan continuar normalmente su
navegación", pues, "en Vigo no hay nadie capacitado para recaudar el
impuesto de la Corona sobre las mercancías".
Barbanzón aconsejó a Chateau-Reanult
llegar hasta El Ferrol, mas el cansancio de los marineros y la presencia de la
escuadra anglo-holandesa del almirante sir Cloudesley Shovel entre Ortegal y
Finisterre, amenazando con cortarles el paso, decidió al francés a llegar al
fondo de la ría, hacia Redondela, anclando los españoles cerca de la isla de San
Simón y los franceses, en semicírculo, en la boca y el estrecho de Rande.
Previendo el combate, el capitán general de Galicia reunió milicias con gente de La
Coruña y Tuy, armó a los vecinos y reforzó los fortines de Corbeiro,
al norte, y de Rande, al sur, con ocho cañones de hierro con plataforma y doce de
bronce, cada uno, aportados por el vicealmirante francés. Por último, Velasco
ordenó cerrar la bocana de la ría con una estacada flotante hecha con embarcaciones,
balsas y toneles amarrados entre sí y a las orillas y protegida por Le Bourbon y L'Esperance.
Al tiempo que se procedía a la defensa de la
ría y a pesar de la negativa de Cádiz a descargar las naves, la reina presionó
al Consejo de Indias para que el oro real fuera desembarcado. Para ello, el
príncipe de Barbanzón reunió más de 1.200 carros do país tirados por
bueyes que, con cuatro cofres cada uno y buena guardia, alcanzaron Pontevedra, Padrón
y Lugo por caminos de montaña. Sin embargo, los preciosos metales hacían de
lastre en los galeones, es decir, iban en el fondo de la bodega, por lo que, antes, había
que descargar el resto de mercancías. Para contabilizarlas, el Consejo de Indias
dotó de poderes especiales a Juan de Larrea, que llegó a Vigo, en silla de
postas, a mediados de octubre, es decir, cuando la mayor parte de lo correspondiente al
rey había sido llevado al interior.
La actividad llenaba la ría cuando llegó un
patache gaditano anunciando que "tras grandiosas pérdidas, los anglo-holandeses,
desmoralizados, han levantado el cerco de Cádiz". La noticia, junto con la
progresiva consolidación de Felipe de Anjou como rey español, invitó a cargar,
de nuevo, las bodegas y a deshacer la estacada. Incluso, cinco barcos franceses regresaron
a Brest y milicianos y paisanos dejaron los mosquetes para volver a casa. La
alegría duró poco, pues, pronto, llegaron malas nuevas. Tras el fracaso de Cádiz,
ciento cincuenta navíos ingleses y holandeses, para resarcirse, se dirigían a Vigo,
siguiendo el aroma del oro.
La batalla
En Vigo, asolada ya por Drake,
los ricos huyeron y las iglesias se iluminaron con cirios implorando protección. La
milicia acudió a sus puestos, levantó barricadas, almacenó víveres... Se reconstruyó
la estacada. El almirante José Chacón, con doscientos marinos franceses y ciento
cincuenta mosquetes españoles, fortificó las baterías de Rande. Dos compañías
de Velasco y doscientos milicianos ocuparon Corbeiro, mil protegieron el
perímetro de la ciudad y unos cientos se distribuyeron por el castillo de San
Sebastián y el Castro, Laje y la bahía de Teis. En trincheras
de reserva, Barbanzón dispuso tres mil hombres mal armados y treinta hidalgos a
caballo. Y, tras la estacada, bloqueando la bocana, Chateau-Reanult colocó Le
Fort en el centro de cinco navíos de guerra franceses y los dos galeones almirantes.
El 21 de octubre, la escuadra enemiga
apareció al sur de las Cíes y, el 22, entre una leve niebla, ocupó posiciones de
combate: delante, diez navíos holandeses, quince ingleses y todos los brulotes, mandados
por el almirante sir George Hopson, cuya enseña ondeaba en el Torbay.
Entró en la ría por la orilla norte, lejos del alcance de los cañones de tierra y
dobló la guía sin responder a los disparos. Llegó a la estacada y arrió diecisiete
chalupas con infantes de Marina para romperla, pero las baterías de Corbeiro
y de Rande hundieron dos y les hicieron huir. Por la tarde, Hopson, en
consejo de guerra con sus oficiales, encargó al duque de Ormond y sus
soldados-marinos destruir los dos fuertes.
Al amanecer del 23, el Zeven Provincies,
por el norte, y el Association, por el sur, ambos con noventa cañones, abrieron
fuego contra los fortines y los buques L'Esperance y Le Bourbon. A esa hora,
los españoles oían misa y recibían la bendición del limosnero de a bordo. Entre once y
doce de la mañana, Ormond, con cuatro mil hombres, desembarcó en Teis,
donde las milicias campesinas, mandadas por Alonso Correa de Mendoza y Sotomayor,
conde de San Bernardo y vizconde de Pegullal, huyeron al primer disparo de
arcabuz. Sin oposición, los ingleses cubrieron, velozmente, la media legua que les
separaba de Rande, donde las trincheras no estaban terminadas y las balas del Association
habían derribado algunos muros. Los españoles se defendieron una larga hora, pero, en el
último asalto, el capitán Sorel cayó al rechazar a un grupo de granaderos.
Superado en número, el almirante Chacón tuvo que rendirse. En la otra orilla, el
regimiento de Churchill avanzó sin problemas hasta el fuerte de Corbeiro,
en cuya torre, un centenar de españoles aguantó más de una hora, hasta que fue tomada.
Con las banderas inglesas izadas en los
fortines, el Torbay, con todo el velamen aprovechando viento de popa, se lanzó
contra la estacada, arrastrando toneles, tablas, cadenas y cuerdas. Detrás, el Grafton
y el Mary, cuyos tripulantes saltaron y rompieron la barrera, a pesar del fuego de
los barcos franceses. Luego, toda la escuadra pasó por el boquete disparando y acabando
con Le Bourbon y L'Esperance (éste encalló al pie del fuerte de Rande).
Chateau-Renault contraatacó con Le
Fort. El escaso espacio para maniobrar provocó una cruel y salvaje lucha cuerpo a
cuerpo, pues el cañoneo causó grandes destrozos en los barcos y el mutuo abordaje se
inició pronto. Le Solide, desarbolado, ardió y explotó al alcanzar el fuego la
santabárbara. En otras naves, como el Tritón, el combate seguía al llegar la
noche y hasta participó el barbero. La Bufona se hundió, arrastrando a gran parte
de la tripulación. El teniente De L'Escalette dirigió un brulote cargado con
tabaco de La Habana hasta el costado del Torbay para rociarlo de pez y
prenderle fuego. Muerto el teniente francés, su segundo continuó la misión,
aprovechando que el enemigo, concentrado en la batalla, le ignoraba. Mas el brulote no
pudo escapar, también se incendió y estalló, enviando una nube de polvo de tabaco sobre
su enemigo. Aunque los ingleses apagaron el fuego, ciento quince hombres murieron
asfixiados.
La derrota
Las líneas francesas se rompieron dos horas
después y Chateau-Renault ordenó hundir los barcos para impedir que cayeran en
manos enemigas. El propio vicealmirante francés hundió su barco, huyendo en una chalupa
con su tripulación, aunque todos no pudieron cumplir la orden y algunos encallaron. Los
ingleses Montmouth, Mary, Kent y Dordretch fueron los primeros
en alcanzar los ricos galeones de la Flota de Oro.
Entonces, Manuel de Velasco, desesperado, decidió quemar los navíos. Con los
galeones hundiéndose, muchos soldados de ambas partes murieron por salvar algún botín.
Además del oro y la plata, Rande se
cobró dos mil muertos y otros tantos heridos españoles y ochocientos muertos y más de
quinientos heridos ingleses. El día siguiente, amaneció sobre una bahía cubierta por la
silenciosa resaca del combate, aunque, muy temprano, el barón holandés Sparr
atacó la vacía Redondela, apoderándose de plata por valor de cincuenta mil
libras esterlinas.
Mientras calafates, carpinteros, veleros y
marinos reparaban el Torbay, muy dañado por el incendio, y varias naves españolas
y francesas embarrancadas, se organizaron brigadas con los más de cuatrocientos
prisioneros (entre ellos, el almirante Fernando Chacón, con cuarenta y un
oficiales, el señor de Aligre y el marqués de Gallisonnière), a quienes
se obligó a recoger la plata y los cofres y a colocar en hileras a los muertos de ambos
bandos que las olas llevaban a la playa. Los buzos, habituales en la tripulación de
cualquier nave, que estaban bien pagados y trabajaban a pulmón libre para reparar la
carena y el timón y revisar fondos, buscaron durante varios días cerca de los galeones
embarrancados, pues Velasco había mandado echar al mar numerosos objetos
preciosos. Salvaron algunas mercaderías, como maderas preciosas y cañones de bronce.
Cuatro días más tarde, arribó Cloudesley
Shovel con veinte naves. Buscando víveres, los ingleses atacaron huertos y establos
de la comarca redondelana, pero se encontraron con las guerrillas de las milicias
campesinas. Entre ellas estaba el conde de Ribadavia, quien, con vasallos y amigos,
obligó a muchos grupos a reembarcar. Tras quemar varias iglesias y el convento de frailes
de la isla de San Simón, los ingleses partieron el 30 de octubre, aprovechando la
bajamar y el viento. Los holandeses, antes de irse, incendiaron Le Bourbon y los
galeones que no podían navegar. Shovel permaneció otros diez días más con
veintisiete naves, cuatro buques hospitales y las naves presas, españolas y francesas,
que se habían arreglado. Desmanteló el fuerte de Rande, requisando cañones de
los barcos y baterías de tierra, y canjeó prisioneros en Bayona. Se fue el 5 de
noviembre, pero, al pasar al sur de las Cíes, el Santo Cristo de Maracaibo,
uno de los más ricos galeones hecho prisionero, tocó un escollo y se hundió.
Y tras irse los ingleses, los labradores
llegaron a Redondela para llevarse lo poco que quedaba en tierra, pues, en el mar, Barbanzón
se lo impidió y empleó buzos para recuperar "una cantidad nada despreciable de
plata y las mercaderías que el agua de mar no había podrido".
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