Secularmente, el hombre
vasco ha mantenido una especial relación con su tierra. Relación que se ha materializado
en los deportes vascos populares, donde el campesino (baserritarra) encontró el
lugar para el esparcimiento, para el desafío, para la apuesta y para la demostración de
sus habilidades. De marcado carácter autóctono, pues en ningún otro lugar se encuentran
tipologías similares, los
juegos de Euskal Herria se caracterizan, sobre todo, por el empleo de grandes
dosis de energía física, encauzadas en actividades de dudosa capacidad lúdica: corte de
troncos con hacha, arrastre de piedra, siega de hierba, levantamiento de piedra...
Esta forma de jugar es consecuencia de su
origen. El deporte tradicional vasco ancla sus raíces en la labores diarias que,
ancestralmente, el campesino desarrollaba en el caserío. El desafío surgía, así, sobre
esos trabajos y, lejos de descansar, el baserritarra gastaba las horas de auseto
realizando las mismas faenas en la plaza pública, delante de un público apasionado y en
dura competencia con otros campesinos.
Para entender las diferentes modalidades,
hay que pensar que el baserritarra, aislado en el caserío, realizaba todos los
trabajos: desde levantar cercas con grandes piedras hasta el laboreo de las tierras con
bueyes; desde cortar en el bosque la madera precisa para el hogar hasta segar la hierba
del ganado. En estas faenas alcanza una maestría natural que, luego, le permite competir
con otros labradores.
El trabajo se convierte en el origen del
deporte y el deporte, en sí, reproduce las condiciones laborales. Y, en ambas, el
esfuerzo es la nota común. El campesino vasco afrontaba, sobre todo en los meses de
verano, jornadas laborales de quince horas. Así, se levantaba a las cuatro y media de la
mañana para ordeñar el ganado, segar las praderas y recoger la hierba que podría
estropearse con una lluvia repentina. A las siete, tras un ligero desayuno, unce los
bueyes para labrar el campo o cultivar la huerta. Breves interrupciones le permiten
recuperar fuerzas en la cocina, mientras da de comer al ganado, recoge leña o repara las
cercas. El ritmo se mantiene hasta las nueve de la noche, hora de descansar las fatigas
del día.
Semejante autarquía (el baserritarra
creía en su capacidad para vencer en soledad las condiciones impuestas por la
naturaleza), permitía, en la competición, destacar en varias especialidades: Keixeta
fue aizkolari, corredor y segalari, Kataolatza y Ondartza,
levantaban piedras, cortaban troncos, corrían y jugaban a pelota a mano; Cholarra
fue remero y pelotari; Polipaso y Arriya cortaban
troncos y segaban; y Usateguieta fue levantador, boxeador, aizkolari
y remero.
Pero la soledad también moldeó el
particular carácter del hombre y de sus juegos, diferenciándose aquéllos ligados a la
tierra y los surgidos cerca del mar. Las regatas de embarcaciones a remo proceden de este
último grupo; del primero nacen los restantes.
Sin espíritu
deportivo
La diferencia entre el pastor y el hombre
de mar la plasmó Tellagorri, al escribir: "el labrador es silencioso y el
pescador gritón; el labrador es muy cauto en el decir, rumia mucho sus pensamientos antes
de condensarlos en palabras y casi siempre es certero en sus juicios; el pescador habla
con más ligereza y ofrece la simpatía de no conceder demasiada importancia a lo que dice
(...). Aquél, que vive de la tierra, sabe que todo deja huella; éste, por vivir siempre
en el mar, sabe que hasta la estela que van dejando las lanchas y los vaporcitos acaba por
borrarse".
"El labrador sólo va a la taberna los
domingos y los días de mercado. El pescador, cuando no está en la mar, está o tomando
el sol en el puerto, si no tiene dinero, o en la taberna... En el caserío, el jefe de la
familia, el que siempre dice la última palabra, es el marido. En los puertos pesqueros,
quien gobierna la casa, resuelve los problemas domésticos y cuida de la educación de los
hijos es la mujer, pues el marido está casi siempre en la mar".
"(...) No hay sino ver jugar al mus, a
unos y otros, para apreciar la gran diferencia que los separa; el labrador se conforma con
unos naipes nada más que regulares para comenzar el juego; generalmente no envida y se
conforma con levantar al final de cada jugada tres o cuatro tantos; pero si envida
arriesga muy poco, medita antes de aceptar el envite del contrario y casi nunca se juega
todo a una carta. Al pescador le gusta tener cuatro reyes o duples buenos o treinta y una
de mano, envida los tantos por docenas, acepta rápidamente los envites y con energía, y
los órdagos con miradas desafiantes son corrientes en una partida de mus entre
pescadores".
Mas, como competidor, el baserritarra se despoja de todas
las prevenciones. Sus juegos nacen como desafíos entre habilidades de campesinos y están
exentos del llamado espíritu deportivo, del entendimiento del deporte per se,
desnudo de móvil económico, carácter sólo presente en un nivel de educación superior.
Los deportes de Euskadi gozan de
otras preeminencias. La más destacada se refiere a la tremenda carga de energía física
necesaria, pues, incluso los juegos considerados de hombres ya maduros, como los bolos o
la toca, difieren de similares de otros lugares en el tamaño y en el peso del objeto a
lanzar y la distancia a la que se coloca el blanco.
Hoy, el tiempo se ha reducido en aras del
espectáculo, pero las apuestas de principios de siglo acordaban larguísimos recorridos
para los korrikalaris; las pruebas de bueyes y segalaris duraban dos horas;
las traineras navegaban en mar abierta y el recorrido, entre dos puntos
geográficos, era duro y largo, en lucha con las olas, el viento y las corrientes. Como
comparación, en Australia, los cortadores de troncos apenas trabajan diez minutos,
frente a los desafíos vascos que no bajan de treinta minutos.
Curiosamente, ningún juego conlleva riesgo
corporal directo para el deportista que, además, somete todo su esfuerzo a la decisión
inapelable de los jueces. Respeto por el ser humano que contrasta con cierta indiferente
crueldad hacia los animales. En la competición, los bueyes sienten el pincho del akullu
en los flancos y carneros y gallos son lanzados uno contra otro, pero el hombre vasco
sólo busca el máximo esfuerzo. El baserritarra es duro con sus animales para
obtener el resultado apetecido, pero, de niño, no ciega pájaros ni ahorca perros. Es
más, cuando su perro de caza está ya viejo, le pega un tiro en la cabeza para evitarle
sufrimientos.
La fuerza física
En cualquier caso, el aspecto más
recurrente de los juegos vascos es la alabanza a la fuerza física. Ningún pueblo ha
hecho del ocio una repetición del trabajo y, sólo en la actualidad, los atletas se
preparan para la competición. Antes, los cuadrilleros dirimían su supremacía con
el hacha con los árboles del bosque como únicos testigos.
Las demostraciones de fuerza se cantan en
las leyendas vascas y son el principal contenido de los bertso paperak. Fuerzas que
el campesino conservaba hasta épocas avanzadas de su vida, pues los grandes campeones
lograron grandes triunfos pasados los cuarenta años. Por ejemplo, Justo Gallastegui,
con 50 años, levantó, en Tolosa, el 2 de octubre de 1960, cinco veces en cinco
minutos, la piedra cúbica de 150 kilos; el 13 de agosto del mismo año, en Azcoitia,
compitieron en reñidísima prueba los aizkolaris Arriya (55 años) y Errekalde
(57 años).
El baserritarra continúa trabajando
aún en edad muy avanzada en las labores del caserío, donde no existe ni la hora de la
jubilación ni la vida sedentaria que atrofia los músculos. Un buen día, las fuerzas le
abandonan y, entonces, sabe que ha llegado el momento del adiós definitivo, pero, antes,
seguirá mostrando sus capacidades: El Pueblo Vasco publicó, el 3 de agosto
de 1900, el permiso dado al aizkolari Agustín Unanue, de 75 años, para
cortar un tronco de un metro de diámetro en cuatro horas.
El poso cultural de la fuerza física se
inicia con las leyendas vascas. En ellas, conviven múltiples personajes (trogloditas, galtxagorris,
basajaun, genios, gigantes, Mikolases...) cuyas hercúleas fuerzas les
permiten luchar, llevar grandes cargas, arrojar peñascos, arrancar árboles o mover
montañas. En la mitología vasca, no exenta de seres mágicos, un acto de tremenda fuerza
física provoca el desenlace, mientras en otros pueblos intervienen poderes
sobrenaturales.
Entre los prototipos de
hombres fuertes, destacan el gigante de Alzo y Manuel de Haedo. El primero
(10 de julio de 1818) destacó por su extraordinaria estatura y descomunal fuerza. Ambas
le permitieron subsistir exhibiéndose por tierras de España y el extranjero,
donde fue presentado a Isabel II, de España; Victoria I, de Inglaterra;
María de la Gloria, de Portugal; y Luis Felipe I, de Francia.
De su estatura, quedan las muescas de cincel hechas en la pared del pórtico de la
parroquia de Abajo, que alcanzan los 2,27 metros, mientras que sus brazos abiertos
marcan 2,42 metros. A los 23 años, pesaba 16 arrobas (200 kilos) y construía cercas con
piedras de 20 arrobas (250 kilos) que colocaba una sobre otra, sin ayuda alguna. Murió el
20 de noviembre de 1861, en su pueblo natal, donde fue sepultado.
Manuel de Haedo nació en Fuerte
de Ocharán, en el concejo de Zalla. De él, se recuerdan sus luchas con
pasiegos en la Venta del Borto; la aventura con los muleros un día que caminaba
hacia Carranza; o el transporte desde la ferrería de Bolomburu, sita entre Valmaseda
y Zalla, hasta Bilbao, de siete quintales machos de hierro. Su hija, muerta
a los 19 años, venció a un campeón navarro en el lanzamiento de la barra de veinte
kilos, alcanzando la distancia de cuarenta pies.
Los
bertso-papera
De antiguo, la procedencia de tales
energías se relacionó, directamente, con la cantidad de alimento ingerido, lejos de los
estudiados regímenes alimenticios del deportista actual. Los cambios, muy recientes, han
vencido tradiciones ancestrales, pero han supuesto una mejora muy estimable sobre las
viejas marcas.
El baserritarra hacía dos comidas
en el monte: gosari, hacia las nueve de la mañana; y bazkari, al atardecer.
En el caserío, hay una tercera, a mediodía. El almuerzo consistía en castañas, leche o
porrusalda; a mediodía, puchero de habas o alubias con berza y tocino y manzanas; en la
cena, castañas, talo de maíz, manzanas asadas o porrusalda. El pan blanco, la carne o el
bacalao eran alimentos reservados a festividades especiales.
Sin embargo, los antiguos atletas eran
víctimas de absurdos regímenes impuestos por preparadores y socios. Usateguieta,
padre de los actuales harrijatsotzales, aceptó una apuesta contra Jesús
Elustondo en la que sus dos socios, Eustaquio Loidi y José María Aguirre,
carpinteros de San Sebastián, le hacían comer dos tazas de chocolate, como
desayuno; dos platos de lentejas, dos docenas de huevos crudos batidos y dos kilos de
chuletas, para la comida e idéntica ración por la noche; sin olvidar la merienda,
consistente en una gran fuente de bacalao con tomate.
A veces, el atleta advertía el error, tras
comprobar que su forma física, inmejorable en el trabajo cotidiano, se perdía en las
semanas de concentración. El aizkolari Keixeta renació para el
deporte con más de cuarenta años, al cambiar su alimentación y, durante cuatro años,
consiguió sucesivas victorias.
En cualquier caso, las hazañas deportivas
de los baserritarras llamaron la atención de los bersolaris que
transmitieron sus usos de forma oral. Así, se marcaron los contornos de los troncos, el
diseño de las piedras, la longitud de los carrejos... Antiguas reglas que aún utilizan
medidas en arrobas y pulgadas.
Las primeras referencias escritas aparecen,
sin embargo, en Castilla, ya que el bersolari, no considerado culto, era
prohibido por los alcaldes en las plazas de sus pueblos. En El Escorial, el
párroco escribió sobre los juegos practicados por los canteros vizcaínos en sus ratos
de ocio. Y, en la Biblioteca Nacional de París, se conserva un pergamino
manuscrito del siglo XV, perteneciente al Libro VI del Fuero navarro, en el
que se detallan las condiciones del lanzamiento de piertaga.
El auge de los deportes vascos,
patrocinados por parroquias y municipios, tiene lugar entre los siglos XIX y XX. En el
siglo pasado, la crónica deportiva es esencialmente oral. Los atletas pagaban a un bersolari
para que les acompañara a la prueba y cantara sus hazañas en verso. Algunos se recogían
por escrito y circulaban por pueblos y caseríos apartados, donde los berso-papera
eran la única letra impresa, junto a algún libro de los Evangelios.
De escasa calidad literaria, los berso-papera
gozan de frescura y la espontaneidad. El único dato fehaciente es el nombre de los
contendientes, obviando lugares y años, pero adornando otros hechos: cómo surguía el
desafío, la expectación despertada y la loa al vencedor. Unas y otras cosas no eran
óbice para que se difundieran rápidamente por todo Euskadi llevados por
carboneros, leñadores, segadores y pastores.
Apuestas y
traviesas
Por último, no se puede hablar del deporte
rural vasco sin hacer mención a apuestas y traviesas. Durante siglos, la
vida deportiva fue la única ocasión para el vasco de arriesgar su dinero y la mujer, en
una posición secundaria y pasiva, hacía de madre, esposa o hermana solícita del atleta,
a quien ha cuidado con desvelo y amor, sabedora de que aquel hombre llevaba a la lucha el
honor, el nombre y las economías del caserío.
Los juegos permitían arriesgar un dinero,
ya fuera asociándose a una de las partes contendientes o apostando durante la prueba en traviesas
cruzadas, según la marcha de la competición. A principio de siglo, se apostaba el
equivalente a cincuenta mil pesetas actuales en una lucha de carneros. En 1903, Santa
Agueda y Achumberría acordaron una famosa apuesta sobre veinte mil
reales (medio millón de pesetas de hoy, aproximadamente).
El espectador, que, hasta fines del XIX, no
pagó entrada, cantaba sus traviesas directamente, apostando sobre el ganador;
sobre el tiempo a emplear; sobre las diferencias entre los competidores; sobre los
topetazos que aguantará un carnero; sobre las plazas que hará una pareja de bueyes... La
figura del corredor de apuestas no aparece hasta 1915 y actúa como intermediario,
reteniendo un porcentaje del ganador.
Iztueta cuenta cómo "los
labriegos guipuzcoanos acuden tan alegres y bien vestidos a los partidos y a los
concursos, llevando en sus bolsas secretas ocho ducados. Y aunque no posean más porvenir
que su sudor del trabajo, muy frecuentemente se les ve apostando cinco, diez y hasta sus
veinte onzas de oro, cada cual según su albedrío. Quienes no disponen de dinero, se
valen de sus bueyes, vacas, mulas, caballos, cabras, ovejas o de cualquiera hacienda que
posean para apostarlas en el juego. Hemos visto en la plaza pública, apostar unos a favor
de éste, otros a favor de aquél, las chaquetas o cinturones que llevaban encima".
Aún así, es extraño que un jugador se
comprometa económicamente. Primero, por la escasa continuidad de las pruebas; segundo,
por las pequeñas cantidades cruzadas en las traviesas, que, además, no atraen al
apostador profesional. Así, la apuesta no es más que la imprescindible evasión de las
interminables jornadas laborales de los baserritarras, que, en el fondo, saben que
salen perdiendo a la larga, tal y como refleja un viejo refrán: "jokoa azkarrago
da jokalariak baño" (*).
(*) El juego es más hábil y astuto que los jugadores
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